La inviabilidad del orden imperial, Caterina García Segura y Ángel J. Rodrigo Hernández

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Una vez concluida la lectura y el análisis de “La inviabilidad del orden imperial”, de los autores Caterina García Segura y Ángel J. Rodrigo Hernández, se pueden apreciar los numerosos argumentos que englobarían este texto dentro de una tradición de pensamiento racionalista o grociana. Por un lado la consideración de los Estados como la estructura clave de las relaciones internacionales y la negociación como herramienta necesaria en su interacción, y por otro la consideración de la sociedad y la importancia y prioridad de las normas existentes (derecho internacional y legitimidad) son una constante a lo largo del texto.

Uno de los máximos exponentes de esta tradición de pensamiento, lo podemos encontrar en el siguiente párrafo del texto: “Los cambios en el orden internacional y en el ordenamiento jurídico internacional no dependen sólo del poder del más fuerte, sino que también están condicionados por la solidez de la argumentación utilizada para convencer a los demás actores, por la práctica posterior estatal e institucional y, sobre todo, por la reacción de los Estados de la sociedad internacional frente a los cambios propuestos en el orden y las normas. El poder de la fuerza no es suficiente casi nunca y en casi ningún lugar. Por ello, la creación de un nuevo orden necesita también la autoridad del Derecho internacional” (página 238-239). 

En este párrafo, podemos apreciar prácticamente todas las características de la tradición racionalista. Los estados se encuentran en el centro de la interacción, tanto a nivel de aceptación como de aplicación, la negociación es clave para introducir cambios  en un sistema basado en el orden internacional y jurídico formado por normas, y la aplicación de la fuerza no se considera un recurso eficaz y eficiente.

Una muestra de la importancia que otorgan los autores a la cooperación, la encontramos en las siguientes afirmaciones: “En el contexto de la globalización en el que las amenazas se diversifican cuantitativa y cualitativamente un hegemón necesita más que nunca aliados fuertes y sólidos. El proyecto imperial de los Estados Unidos los reduce y los dispersa” (página 240) y “La UE es una potencia cuya actuación conjunta y cohesionada podría frenar el unilateralismo estadounidense” (página 240).

Ambas afirmaciones son importantes, porque además de incidir en la necesaria cooperación entre estados para combatir una amenaza común, pone de manifiesto la negativa a aceptar por parte de los autores una hegemonía sobre el resto de los estados por parte de uno.

A modo de conclusión, cabe destacar dos párrafos, en los cuales se aprecia más aún si cabe, esta vertiente racionalista: “El poder, en ocasiones, como ha quedado demostrado, no es suficiente ni para crear derecho ni para mantener el orden. Necesita que la autoridad y las normas jurídicas sean percibidas como legítimas” (página 259), “La legitimidad exige explicar las ideas y los proyectos, debatir las reglas de comportamiento y justificar las conductas en los distintos foros internacionales que existen en la Comunidad internacional entendida como una comunidad política y como una comunidad dialógica” (página 259).

Una vez más, queda puesto de manifiesto la importancia del marco legal y jurídico, con la legitimidad como su máximo exponente y con el diálogo como herramienta para conseguir la cooperación de la comunidad política, formada por los diferentes estados que prestan esa cooperación.

La democracia después de la democracia – Daniel Innerarity

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